2012 en las entrañas de las ovejas
Publicado en Revista América Economía
Publicado en Revista América Economía
Un párrafo del reciente informe de perspectivas económicas para América Latina y el Caribe difundido por el FMI ha parecido sorprender a algunos:
«en los países con una presión tributaria relativamente baja (Chile, México, Perú), es necesario llevar a cabo esfuerzos orientados a movilizar ingresos fiscales para atender las necesidades sociales y de infraestructura de la región, tales como los niveles aún elevados de desigualdad y las necesidades insatisfechas de una clase media en rápida expansión».
Si escogiéramos un mantra para la profesión de economista, incentivos debería
estar entre las más obvias. Si los recursos son escasos, entonces estos tienen uso alternativo y un costo de oportunidad que hay que compensar. Así por ejemplo, si las personas son racionales se nos dice, a mayor remuneración, mejor rendimiento; vice-versa. Si quiero grandes logros necesito proveer de grandes incentivos materiales. ¿Será siempre así?
Recientes estudios empíricos en el campo de la economía del comportamiento nos dicen que la racionalidad de los incentivos descansa también en elementos no pecuniarios que obligan a replantearse la visión más simplista de garrotes-zanahoria-performance. La investigación en
esta materia ha acumulado suficientes estudios novedosos desde que Daniel Kahneman, sicólogo de origen, ganara el nobel de economía en 2002.
La diligencia de los auditores no es condición única, ni siquiera necesaria; sí que es condición suficiente para detectar irregularidades.El destino de fondos tan importantes como los ahorros en AFPs, las reservas internacionales del Banco Central o los excedentes que Hacienda deposita en sus fondos soberanos, dependen crucialmente de la evaluación del riesgo de instrumentos financieros que hagan las agencias clasificadoras. En la práctica, no se mueve una hoja de papeles de renta fija-(bonos emitidos por empresas o gobiernos)-sin que Moody's, Standard & Poor's, and Fitch Ratings hayan calificado su riesgo.
Cuando el presidente de la Fed declaraba recién que la advertencia de Standard and Poor´s –(que rebajó a ´negativa' la perspectiva de riesgo de crédito para la deuda de EEUU)- no agregaba nada que no se supiera, lo que nos estaba recordando era la discutible utilidad anticipatoria de las agencias clasificadoras de riesgo.
El debate nuclear no es sólo sobre el riesgo de que ocurran accidentes con escape radioactivo, la gestión de sus residuos o la gravedad de que el material radiactivo llegue a manos indeseadas. Otro problema son los incentivos que tiene la industria nuclear para entregar información opaca.
Dejemos a un lado los incentivos de opacidad que estén asociados con los intereses militares/ geopolíticos involucrados en desarrollar esta industria. Olvidemos también la oposición política que podría nutrirse del temor ciudadano al 'peligro invisible'. Aun así, la posibilidad de que se transfieran jugosos subsidios estatales, financiados a partir del interés difuso del ciudadano de la calle, crea incentivos a no decir toda la verdad.
El reciente anuncio de mayor diversificación en los fondos de ahorro soberano es buena noticia y reivindica de paso, la importancia de un tema tan importante como la administración de la riqueza fiscal. La mayor diversificación anunciada abarcará por el momento solo al Fondo de Reserva de Pensiones (FRP; USD 3.795 millones a noviembre 2010) y no al Fondo de Estabilización Económica y Social (FEES; USD 12.582 millones a la misma fecha).
Lo central de la medida es ampliar las clases de activos, desde bonos soberanos e instrumentos de mercado monetario a bonos corporativos (20%) y acciones (15%).
Abundan las proyecciones económicas y aunque no resulte especialmente simpático, parece sano recordar las limitaciones del oficio. Sabemos que, desde las predicciones más livianas de los analistas bursátiles hasta los más sesudos informes de política monetaria, los vaticinios se construyen sobre bases de información imperfecta, modelos débiles y expertos no libres de sesgos cognitivos. Y por cierto, siempre salta un conejo. Por algo, los pronósticos se revisan sobre la marcha, cuando no derechamente terminan en el olvido o la negación. Y es que la economía y las finanzas tienen mucho que decir en ámbitos como la consistencia de las políticas o la mitigación de riesgos pero nada avala la superioridad de las predicciones ´expertas´ sobre las más ingenuas.
Recordemos aquí algunos hallazgos pertinentes de la literatura al respecto.
Desde que el gobierno anunció un proyecto de ley para permitir la venta de medicamentos sin receta en supermercados además de en farmacias, que hoy tienen la exclusividad, ha surgido una ola de críticas en contra. Siempre es bueno el debate de ideas y considerar distintos puntos de vista permite implementar mejores políticas públicas. Sin embargo, en este caso hay varios argumentos que no ayudan y creo que el debate ha sido precario. Hay argumentos que son simplemente interesados y defienden el privilegio de la exclusividad, pero se disfrazan de defensa del bien común; otros son claramente inconsistentes; y hay algunos que son al menos curiosos. Entre estos últimos está el que esta medida «no corresponde a la realidad sanitaria del país» y que esto «haría perder el respeto que merece un medicamento». Cuesta encontrar la relación entre estos argumentos y la pregunta de fondo, respecto a los costos y beneficios de esta medida.
Uno de los potenciales beneficios de que entren más actores a la venta de medicamentes es obviamente que bajen los precios, lo cual es una amenaza para las farmacias existentes. Esto es puesto en duda por la Unión de Dueños de Farmacias Independientes, quienes señalan que sus estudios indican «que no es así y, por el contrario, van a subir porque el hecho de tener productos en los anaqueles de los supermercados implica un costo que se suman al precio intrínseco del producto». Sorprende que estén preocupados y reclamen porque suban los precios ¿Les molestará tener que vender sus productos más caros? ¿O no estarán tan convencidos de que efectivamente van a subir? En la misma línea un senador señaló que el riesgo es que «en vez de una libre competencia y de precios más económicos para los consumidores, terminemos mucho más preocupados por otra colusión entre las farmacias». Su temor entonces es que suban los precios, pero luego dice: «Sin contar además, el daño económico que tendrían las farmacias de barrio o boticas que apenas pueden competir contra las grandes cadenas para que ahora, tengan un tercer competidor: los supermercados». ¿Cuál sería el daño económico para las farmacias de barrio si hay colusión y suben los precios? ¿Qué no puedan competir con un nuevo entrante no se debe a que este tendrá precios más bajos? Igualmente, un diputado señala que «nada garantiza que pasando de tres cadenas de farmacias a tres cadenas de supermercados, tengamos mejoría en los precios. Al revés, vamos a tener otra concentración monopólica que claramente va a perjudicar al usuario porque ahí va a haber concentración de precios entre los propios oferentes». Si pasamos de 3 a 6 oferentes baja la concentración ¿Por qué aumentarían los precios entonces? Coherencia en la argumentación es lo menos que se puede pedir en el debate público, sobretodo a quiénes van a legislar sobre la materia.